Fui uno de los primeros infectados por el Covid-19. Paradójicamente eso ha sido una suerte, no tanto por haber sido hospitalizado cuando todavía la sanidad no había llegado a su máximo nivel de saturación, como por haber podido adelantar inconscientemente medidas de seguridad en las personas que tenía a mi alrededor. Esto también me ha permitido tomar cierta perspectiva y en los últimos días, una vez de vuelta a casa, triunfante, ser una referencia de optimismo, siendo amplificado mi mensaje por los principales medios de comunicación de España. Mis amigos, a modo de guasa, dicen que me he convertido en una “CoronaCelebrity”. Más allá de estas cuestiones anecdóticas y pasajeras, haber sido de los primeros infectados también me ha dado ventaja en el periodo natural que requiere comprender e interiorizar que EL MUNDO HA CAMBIADO. Mientras las multitudes seguían acudiendo a grandes concentraciones como si nada, yo ya sabía que nada volvería a ser igual, porque entendía que lo que incubaba en mi interior era completamente distinto a cualquier otra cosa que yo hubiera vivido antes. Perdí el olfato, pero no mi intuición.

La pregunta es ¿Qué es lo que ha cambiado y/o está cambiando? Voy a atreverme a dar algunas respuestas desde la experiencia vivida y la reflexión meditada.

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1- Nunca nos habíamos enfrentado a un enemigo así. Sabemos que la historia nos ha dejado varias pandemias terribles como la peste, o la gripe española (la más reciente comparable), sin embargo no imaginábamos ni por asomo lo que es luchar contra un organismo tan contagioso en la era de internet y del 5G. De hecho ES MUCHO MÁS CONTAGIOSO QUE LETAL. Digo esto porque en realidad hay muchos más casos que aquellos casos que están contabilizados. Me atrevería a decir que el triple, así a ojo. ¿Por qué?: En estos días me llegan noticias de muchas personas que pasan la enfermedad, mejor o peor, en su casa, pero sin haber realizado su test y sin hospitalizarse. Esto implica que la mortalidad, en porcentaje, debe ser mucho menor que la que se deduce de cifras oficiales. Pero la contagiosidad es terrible y el virus se ceba con nuestros mayores, lo cual es una verdadera tragedia generacional. Yo, por ejemplo, me contagié en una cena en la que éramos 12, de los cuáles 8 salimos con el virus. Hace poco hablé con otra persona que se infectó en una cena en la que eran 20, 15 de los cuales terminaron con el virus. Esto implica que una persona puede, fácilmente, repartir el virus a 3 de cada 4 personas con las que entra en contacto en un periodo muy corto de tiempo. Imaginemos ese efecto en una manifestación. Me atrevería a decir que ahí una sola persona podría estar infectando a 100, aunque claro está es una estimación a ojo de buen cubero. Al principio se hablaba de una contagiosidad general de 1 persona a 3, como algo horrible por su exponencialidad. Pero lo que estamos comprobando es que es mucho mayor. Me atrevería a decir que según el contexto, puede llegar a ser fácilmente de 1 a 20. De ahí que las medidas tomadas no sean para nada exageradas. Nuestro enemigo está ávido por saltar de un huésped a otro, y tiene un diseño perfecto para que así sea: por el aire, por el contacto, por el agua. Son miles las situaciones en las cuales, por mucho que prestemos toda nuestra atención, nos podemos contagiar. Todavía existen, cada vez menos, familias con perfiles de riesgo a las cuales les cuesta entender ésto, y teniendo al enemigo en casa, no toman las debidas precauciones de aislamiento (muy difíciles por otra parte).

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2- Estamos aprendiendo a AMAR DE OTRA MANERA. Como consecuencia de lo anterior estamos teniendo que revisar nuestro concepto de cómo queremos a las personas que nos importan. Ante la más mínima duda de ser portador del virus, querer a los que te rodean implica aislarte. Y a mayor rigor en el aislamiento, mayor amor. Esto implica que el amor debe pasar por el filtro de la inteligencia y del sacrificio. Por eso podemos decir que estamos aprendiendo a amar de manera más profunda. Esto es al mismo tiempo más doloroso, pero más genuinamente humano, evolucionado y profundamente emotivo. A esto se suma el contacto más cercano que nunca a través de la comunicación tecnológica, que está jugando un papel fundamental y transformando nuestra concepción del trabajo y del aprendizaje escolar y superior. Pero hay tres elementos que a mi me impresionan especialmente: 1- El perdón: ¡Son tantos los errores que hemos cometido todos! Partiendo de la base que al principio muchos decíamos que esto era una gripecilla, todo lo que ha venido después nos ha pillado mal. Hay errores que pueden costar vidas. De ahí la importancia del perdón y la compasión. No solo hacia los demás (los hay que la han fastidiado bien), sino también hacia uno mismo. El perdón es una forma de amor. 2- La creatividad contra el miedo/claustrofobia: estoy viendo tantos casos de personas que pasan del miedo a la creatividad! Es un camino valiosísimo porque ayuda a fijar la atención de las mentes más creativas en algo constructivo. El otro día me contaba un amigo: “estaba deprimido, con miedo y apocado. Entonces mi mujer me dio la guitarra y me dijo ¡toca! Entonces me puse a componer y se me olvidó todo”. El tema me lo envió y me pareció precioso. Somos una caja de sorpresas hasta para nosotros mismos. 3- La espiritualidad: tanto el rey Felipe VI como el presidente Sánchez omitieron algo que sin embargo a alguien como yo y a muchas otras personas ayuda infinito: la oración. No estoy hablando de confesiones religiosas, sino de la necesidad que tiene el ser humano, y más ante la posibilidad de su propia muerte o la de un ser querido, de elevar su mirada, y ante la impotencia y el reconocimiento de su propia fragilidad, dirigirse a esa fuerza misteriosa que nos habita y de la cual podemos sacar infinitas fuerzas de flaqueza y recibir el consuelo y la paz, que nos re-equilibra y anima. Rezar es humano, y pedir la oración de otros también, porque cuando ya no hay fuerzas y todas las razones se desvanecen, solo queda el espíritu.

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3- Somos más conscientes del COLAPSO DE UN SISTEMA, de nuestro actual sistema democrático. Uno se pregunta: ¿¿cómo los responsables del gobierno, y ojo, también de la oposición, andaban distrayéndose con disputas menores y organizando manifestaciones, congresos etc.., cuando tenían al monstruo tan cerca que ni lo veían?? ¿Qué es lo que ha cegado a nuestros políticos sin excepción alguna? Me niego a pensar que no haya ningún político con talento, y sin embargo ninguno, que yo sepa, mostró la más mínima preocupación por el peligro letal cuyo aliento infeccioso ya teníamos encima bastante antes del 8 de marzo. En primer lugar debo reconocer que personificar la culpabilidad en tal u otro personaje que nos produce antipatía y sarpullidos, puede generar una satisfacción momentánea y primaria, pero no ayuda a identificar las causas profundas del error. En este caso, el hecho de que NADIE, tampoco en la oposición, advirtiese el peligro, me hace apuntar más bien al sistema democrático actual. ¿Qué exactamente del sistema? Esta pregunta requiere un análisis más profundo del que yo he realizado, pero se me ocurren algunas respuestas: 1- El sistema de partidos actual lleva a los partidos al enfrentamiento sistemático. Es como estar en una mesa de “amigos” en la que todos se insultan. No hay conversación posible. Todos están o a la defensiva, o al ataque, luchando sus posiciones de manera superficial. El talento que cualquier político pueda tener se vuelca entonces en la defensa constante de sus intereses. 2- La “disciplina” de partido y el sectarismo genera barreras todavía mayores que impiden la puesta en común del talento diverso. 3- La capacidad generativa al servicio del bien común, en consecuencia de lo anterior, es nula. La atención y escucha a lo que realmente importa desaparece. Esto es algo que lleva siendo así mucho tiempo, pero la situación actual lo ha puesto especialmente de manifiesto. En consecuencia: DEBEMOS REPENSAR NUESTRA DEMOCRACIA. ¿Cómo se hace eso? No tengo ni idea. Pero Beethoven tampoco sabía cómo iba a ser su 9ª Sinfonía antes de escribirla, y si seguimos con la misma melodía llegarán más Covid19 o simplemente perderemos constantemente oportunidades para funcionar mejor como país.

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4- Somos más conscientes del prodigio del ser humano cuando se une por un bien superior. Esto es sin duda la mejor noticia y los médicos y servicios sanitarios son el mayor exponente. Estamos hablando de personas altísimamente cualificadas, en condiciones laborales en muchos casos precarias (con contratos de 3 meses), jugándose literalmente la vida por curar a enfermos. Ellos encarnan el heroísmo en una sociedad que había olvidado lo que es entregarse por los demás. Son héroes porque la inacción anterior del gobierno les ha lanzado al ruedo, teniendo que asumir un número de pacientes inasumible y en condiciones de protección totalmente deficientes. ¡Así nos duelen las manos de aplaudirles a las 8 de la tarde! Pero no son los únicos que muestran la maravilla a la que puede llegar nuestra especie: ingenieros, fabricantes, empresarios y fundaciones están generando colaboraciones en tiempo récord para crear y suministrar respiradores y demás materiales ¡tan necesarios! El otro día sin ir más lejos me quedé de piedra cuando leí que la guardia civil de tráfico donaba boquillas de etilómetros para la construcción de respiradores de urgencia que se imprimen en 3D. Para que algo así ocurra, se tiene que dar una casuística de genialidad tal, que solo podemos imaginarlo como fruto de una red de inteligencia colectiva espectacular. Y esa es la gran noticia: SE ESTÁ DESPERTANDO LA INTELIGENCIA COLECTIVA de las personas e instituciones que se están moviendo con un fin común. Nadie les ha votado y en muchos casos su sueldo son horas de sueño perdidas, pero han aprendido a escucharse y colaborar generosa y creativamente para la innovación. Ese despertar de la genialidad colectiva es también un cambio que nos puede dar pistas para saber hacia dónde ir cuando todo esto acabe.

Y por cierto, cuando todo esto acabe haremos grandes fiestas o tomaremos cañas y cafés en los bares para celebrar. Incluso podremos abrazarnos. Pero hay algo que en ningún caso deberemos hacer: olvidarnos de lo que fuimos capaces de hacer juntos. Porque ahí está el futuro de esperanza para nuestra sociedad. De un mal siempre podemos sacar un bien mayor.