Después de más de 12 años utilizando la música para el desarrollo de equipos y personas, hace unos meses comprendí que lo que une más profundamente la música con el desarrollo de personas y equipos es la escucha. Se trata de un paso sencillo pero enormemente significativo. 

La música nos enseña a escucharnos y escuchar a los demás mejor. De puro sencillo parecería obvio. Por una sencilla razón: si no escuchamos no suena bien y si lo hacemos surge la emoción y la creatividad. Al escucharnos, nos adaptamos en aquellos matices que hacen la diferencia: nos afinamos mejor, reaccionamos mejor a las dinámicas, a los cambios de ritmo etc… Como decía Mahler, “En la partitura está todo escrito menos lo esencial”, pero es que además, en la era del cambio y la transformación es justamente la dimensión generativa de la escucha la que nos permite ser motorescreadores de aquello que detectamos como esencial en cada momento. 

En estos meses no he querido escribir nada al respecto porque quería conocer el tema más a fondo y ponerlo a prueba, ya que a veces las mentes inquietas tendemos a encontrar herramientas mágicas, que luego no lo son tanto. 

Pero la cuestión de la escucha ha soportado con creces la prueba del tiempo, y su aplicación en equipos de trabajo está resultando desde mi punto de vista una verdadera re-evolución cuyos resultados no se están haciendo esperar. 

Pero, ¿qué es la escucha? Esta pregunta me ha taladrado la cabeza en estos meses 

Podría dar varias definiciones: 

Según el D.R.A.E. escuchar es “prestar atención a lo que se oye”. La definición es sencilla. Si la planteamos en su sentido más amplio (no solo auditivo), podríamos quedarnos con un simple “prestar atención”, porque en definitiva es nuestra capacidad de atención la que determina nuestra capacidad de escucha.  

Sin embargo, también he encontrado otras definiciones que profundizan algo más en la cuestión de la atención. 

La primera definición no oficial es “la capacidad de no dar nada por hecho”. No dar nada por hecho en realidad es imposible. Pero dar menos cosas por hecho sí es posible y contribuye definitivamente a nuestro bienestar, pues está en el centro de nuestra capacidad para agradecer. Por poner un ejemplo, si sabemos que podemos perder a una persona querida, empezamos a no dar por hecho que la tenemos cerca, entonces empezamos a dar gracias por ello. Y el agradecimiento es la base de una verdadera escucha profunda. Un músico capaz de agradecer desde la primera a la última nota que toca, suena distinto, disfruta y hace disfrutar. Esto es también perfectamente aplicable a cuestiones más factuales. Muchos malentendidos vienen de nuestra espectacular tendencia a dar por hecho detalles fundamentales, lo que en algunos casos puede llegar a tener consecuencias fatales o muy costosas para una organización o una relación… 

Al no dar por hecho se establecen adecuadamente nuestras prioridades vitales y por tanto la adecuación de nuestras acciones a lo que realmente queremos y buscamos (si es que previamente nos hemos escuchado a nosotros mismos para entender qué es lo que realmente queremos y buscamos, porque escuchar empieza por uno mismo). 

Por tanto otra definición de escuchar podría ser priorizar nuestros focos de atención, pues vivimos en un entorno de mucho ruido, informaciones cruzadas, sobresaturacióny de nuestra capacidad para priorizar nuestra atencióndependerá el impacto de nuestras acciones. 

Imaginemos por un instante nuestra capacidad de atención como una antena que capta señales y que las transmite a nuestra consciencia. La podemos enfocar hacia nosotros mismos, cómo nos sentimos, física y mentalmente o afectiva, emocional y espiritualmente. La podemos enfocar a los demás, nuestros seres queridos, los miembros de nuestros equipos de trabajo, nuestros clientes, las personas con las que interactuamos. La podemos dirigir hacia el mundo en que vivimos, la justicia, la solidaridad, la sostenibilidad, el mundo que quisiéramos contribuir a construir.  

De la armonía y coherencia entre estos 3 ámbitos de escucha (uno mismo, los otros y el entorno) depende la integración de la persona y su bienestar, pero no existe una fórmula secreta para lograrlo, tan solo la toma de consciencia y mejora continua… 

Por otra parte, lo que determina la calidad de la señal es la amplitud de su apertura y nuestra capacidad para dirigirla. Me explico: esa antena, cuando no se educa, por defecto se dirige en una u otra dirección dejando muchos puntos ciegos, negándonos información que podría ayudarnos a mejorar la calidad de nuestras decisiones. En otras palabras: tendemos a dirigir nuestra atención hacia dónde nos resulta más cómodo, no nos vaya a sacar de nuestra zona de confort. Tendemos a sentirnos cómodos leyendo los diarios que reconfirman nuestra manera de pensar, viendo aquello que no nos gusta de las personas que nos caen mal o aquello que nos gusta de aquellas que nos caen bien Esto es algo muy común: nos cuesta salir de nuestro discurso. 

La pregunta es: si educamos nuestra escucha, ¿con qué profundidad deberíamos dirigirla? ¿Qué resultados podríamos obtener? 

Otto Sharmer, creador de la Teoría U plantea, además de la escucha por descarga (o por defecto), otros 3 niveles de escucha alternativos que me parecen especialmente acertados y que nos remueven de nuestros aparentes límites habituales: 

  • Escucha de los hechos (no dar por hecho los hechos): al escuchar los hechos completos que rodean una situación, adquirimos la información necesaria para poder cambiar nuestro punto de vista. No obstante, esta escucha, según el propio Sharmer, no nos moviliza suficientemente para salir de nuestra zona de confort, como mucho nos llevará a los límites de la misma. 
  • Escucha empática (no dar por hecho cómo están y cómo piensan los demás): somos capaces de ponernos en el lugar del otro, acompañarle, ir a su ritmo, comprender sus dificultades, necesidades, emociones, ilusiones… Salimos de nosotros mismos sin juzgar a los demás. Requiere de especial humildad. Salimos de nuestros límites al encuentro del otro. Generamos confianza y se despiertan las emociones. 
  • Escucha generativa (no dar por hecho que las cosas no pueden cambiar): somos capaces de escuchar a los demás y a nosotros mismos en un estado de apertura y creatividad en el cual generamos algo nuevo que emerge del futuro que juntos anhelamos. El resultado no es solo mío o de los demás, es de todos. Este tipo de escucha requiere de un espacio que solo se puede dar desde la confianza, por eso es un paso posterior a la escucha empática. 

La escucha generativa es probablemente el ideal al que debería aspirar cualquier equipo humano, pues de ella emergerán fluidamente las acciones que transformen las organizaciones y nuestra sociedad desde el futuro que deseamos y nos compromete. No consiste en aportar soluciones definitivas sino en co-evolucionar a través del espacio de posibilidades que genera la escucha, hacia las mejores actitudes y planes que cada momento requiere, aportados, impulsados y aplicados por las mismas personas que los crean y que por tanto creen en ellos. 

Por todo esto es fundamental para el futuro de las organizaciones y de nuestra sociedad, una verdadera y profunda toma de consciencia de la vital importancia que tiene la competencia de la escucha. En este sentido, debemos seguir avanzando en una adecuada formación al respecto, así como en la puesta en valor de líderes y modelos de comportamiento que muestren la importancia de la escucha. 

Las organizaciones que se comprometan con esta transformación sin duda comprobarán en sus resultados la contribución determinante a la eficiencia, a la flexibilidad creativa y al bienestar personal que supone esta re-evolución de la escucha.