En una época de mi crecimiento como violonchelista decidí que quería desarrollar una técnica orgánica. Creo que ver al grandísimo chelista y pedagogo Bernard Greenhouse tocar con 84 años tuvo que ver con eso. Esta transformación me llevó varios años. Tardé un tiempo en entender que el término “técnica orgánica” respondía a mi búsqueda de un sonido fresco, cómo improvisado a cada instante. Para lograrlo me esforcé en no esforzarme, es decir en realizar el esfuerzo justo y focalizado que me permitía alcanzar con más sencillez el sonido natural que buscaba. Con el tiempo y por circunstancias profesionales, sin dejar nunca de tocar (y por tanto de desarrollarme como músico), me he ido adentrando, desde el terreno del team-building en un primer momento y desde el ámbito de la transformación cultural después (junto a la excelente consultora francesa Cee-Management), en la comprensión de las organizaciones y los equipos. Esto me llevó a situaciones tan pintorescas como pasarme 3 días impartiendo un seminario para transformación cultural en una factoría industrial y al día siguiente estar tocando el Stradivarius 1700 del Palacio Real de Madrid.

Por muy alejados que parezcan ambos ámbitos, esta convivencia entre la música y el desarrollo de organizaciones, me ha aportado una visión que me permite establecer conexiones originales, que pueden inspirar reflexiones valiosas, uno de los objetivos principales de MusicalThinkers.

La cuestión de la técnica orgánica me ha dado que pensar últimamente en este sentido. Ésta técnica me ha permitido tocar con facilidad improvisando, de tal manera que puedo trasladar con total naturalidad una melodía que escucho en mi cabeza a mi instrumento, sin perder la frescura y la emoción por el camino. Sin esa técnica por ejemplo me resultaría mucho más difícil realizar el tipo de actividades musicales que hago, porque al poner a un equipo de “no músicos” a tocar, debo adaptarme a ellos y no a una partitura escrita, y necesito ser especialmente flexible y creativo al tiempo. Es la escucha la que me guía, y la técnica me permite adaptarme de manera automática, quitándome barreras.

Algo parecido creo que está pasando en muchas organizaciones que quieren salir, por necesidades de adaptación y en algunos casos de supervivencia, de estructuras rígidas más o menos tradicionales. Necesitan mutar de un tipo de técnica a otra “más orgánica” basada en una mejor escucha a sus clientes. Entonces son muchos los que al oír hablar de “cambio” entran en pánico. La buena noticia es que una técnica más orgánica permite mayor creatividad, y eso es mucho más entretenido que el trabajo estándar. La mala es que a las personas que viven muy aferradas a una técnica rígida les es tremendamente difícil adaptarse, lo cual puede generarles más inseguridad y lógicamente más rigidez. No obstante, el cambio, aunque acompañado de la complejidad que rodea a los misterios del alma humana, es posible.

No en vano, en los últimos tiempos se ha desarrollado mucha cultura “positiva”, desde la moda de “la felicidad” en el trabajo al feedback desde las fortalezas, y es que ciertamente un enfoque positivo ayuda a suavizar inseguridades y a abrir a las personas al cambio. Se trata de dejar de mirar las “notas falsas” y ver la oportunidad que supone cada nota presente. No es tampoco casual en este sentido que se esté difundiendo la cultura de la “presencia plena”.

La paradoja es justamente la obligación de cambiar a actitudes en las que el mejor rendimiento se obtiene precisamente en el disfrute de cada instante. ¿Cómo afrontar ese reto? ¿Cómo facilitar ese cambio?

Tomando de referencia lo que supuso para mi el cambio técnico me atrevo a proponer algunos consejos:

  • Asumir que nuestro rendimiento va a tener que reducirse temporalmente durante la transición. Esto es lo que más cuesta y es a lo que más temen aquellas compañías cuyos inversores y accionistas sólo esperan rendimientos a corto plazo. No puedes pretender transformar la técnica sin entender que durante ese cambio tendrás que sustituir las obras más complejas del repertorio por otras más asequibles que te ayudarán a afianzar los nuevos movimientos y posturas. Dicho de otro modo: para dar un gran salto primero hay que dar varios pasos atrás. Cada cuál deberá calibrar el riesgo asumible en este sentido, pero ante todo es una cuestión de confianza.
  • Orientarte hacia dónde sabes que vas a disfrutar y aportar más valor. Por ejemplo, en mi caso, durante ese cambio dediqué bastante tiempo a tocar sin partitura, acompañando música popular y moderna, dónde podía buscar mi propio sonido, un sonido especial y único, y de paso, tomarme unas cervezas con amigos ;).
  • Dejarte inspirar por maestros. Tener un ideal, un modelo (o varios), te ayuda a proyectarte en tu ámbito. Ese que nos parece un crack, que nos emociona. En mi caso admiré mucho a Casals y a Kreisler por su sonido humano y cercano. Leí mucho sobre ellos, escuché mucho sus grabaciones. Recibir clases del propio Greenhouse (de los pocos alumnos de Casals que seguían vivos ) me impresionó mucho, y cada consejo suyo lo guardé como oro en paño.
  • Hacer tuyo el cambio. Encontrar tu propia manera de hacerlo. Reflexionar sobre ello. En mi caso tenía una libreta donde apuntaba mis reflexiones sobre la técnica, mi visión de los elementos críticos, me grababa etc…
  • Ir paso a paso: no fijarse en más de 3 puntos de mejora al tiempo. El que mucho abarca poco aprieta. Es más: cada día centrarse en algún punto de manera especial. Recuerdo que me fijaba mucho en presionar lo justo y necesario con la mano que pinza las cuerdas, o me centraba en escuchar más claramente la melodía en mi cabeza. Y cada vez hacía nuevos descubrimientos. Esto es aprender a aprender. Lo que se suele llamar “mejora continua”.
  • Por último, tener a alguien cerca que crea en ti y que esté dispuesto a asumir con paciencia los inconvenientes temporales que implica este cambio. Esto es quizá lo más importante. Si no hay fe, si no hay comprensión, si no hay afecto, no hay cambio. Mis “jefes” tuvieron que soportar a un hijo de 22 años que se dedicó dos años a esa transformación. Confiaron en mi, y todavía les agradezco esa confianza.

Y es que la confianza, frente al miedo, es el mejor aliado para el cambio: confianza en uno mismo, confianza en aquellos a los que podemos ayudar a hacer crecer y desarrollarse, y confianza en que desde esa transformación todos podremos volar más alto.